EL SEXO Y EL SURF: POTENCIA, PODER, ADRENALINA Y PELIGRO


El Surf y el sexo tienen mucho en común. Ambos poseen una potencia infinita y salvaje, un enorme poder reconfortante y, al mismo tiempo, dan cierta sensación de adrenalina y peligro. Se trata de fuerzas que pueden revolcarte y asustarte, o arrullarte y contenerte. Cuando estamos excitados, dentro de nosotros también sentimos el poder de las mareas. La energía sexual crece y avanza por todo nuestro cuerpo. Al igual que el agua, llega a los lugares más vedados y saca a flote emociones ocultas. Como las surfistas, toda amante ansía sentir esa conexión con la inmensidad, pero sabe perfectamente que chapotear en las orillas también tiene lo suyo.

No hay nada que te exija estar más en el aquí y ahora, que te aleje de lo cotidiano y lo condicionado, que enfrentarte a la fuerza oceánica… o sexual. Quienes practican surf entrenan la conexión con la energía tanto como sus cuerpos. Saben cuándo tontear y cuándo retirarse, cuándo provocar y cuándo entregarse. Antes que nada, saben de qué se trata el juego: de disfrutar y, aun así, de preservarse de una fuerza arrolladora. Ningún surfer emprende el adentramiento al océano solo por esos diez segundos en los que logra montar una ola. Del mismo modo en que ningún buen amante entra a una cama solo por esos breves instantes que dura un orgasmo. El recorrido es el fin. El contacto, el franeleo con las olas, el viento y la sal son goce puro. Luego, se trata de suerte y aceptación: como en el amor, ninguna ola dura para siempre y nadie nunca sabe exactamente qué le tocará.

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