Opinion por: Pablo Salido

14 de septiembre de 2021

Uno con el que nos comuniquemos todos. Acerca del lenguaje inclusivo.

Análisis sobre el lenguaje inclusivo Compartir en:

Quienes pretenden convertir al lenguaje (esta vez como lenguaje inclusivo) en un nuevo frente de lucha por la conquista de una mayor igualdad entre sexos, una batalla cuyas armas son más emocionales que ideológicas, presuponen ciertas reglas idiomáticas que dificultarían esta igualdad. Este énfasis logró que algunos, por temores diversos (a ser patologizados con alguna fobia, ser políticamente incorrectos, segregados de sus entornos), hagan uso de estas expresiones.


Poca o ninguna relación se encuentran entre la gramática de un idioma y el rol que la mujer ocupa dentro de una sociedad. Como ejemplos podemos mencionar sociedades como Islandia, que posee el mayor nivel de igualdad entre sexos pero con políticas lingüísticas puristas.


Referiré, en ocho breves ítems, algunas características del lenguaje que estas corrientes parecen no tener en cuenta al momento de cuestionar el idioma español:

a. En nuestra lengua, el término inclusivo neutro y universal es el masculino gramatical al que no hay que confundir con el masculino sexual. En el castellano, si decimos que un auto es masculino y una mesa es femenino no es porque el vehículo tenga pene y el mueble vagina sino porque nos estamos refiriendo al masculino y femenino gramatical. El lenguaje, por otra parte, está lejos de funcionar en términos de igualdad o discriminación de géneros sexuales. Las teorías se dividen entre la negación del contenido ideológico de las lenguas por faltas de pruebas concretas, y la conformación del masculino a través de los milenios como resultado del rol desarrollado por los hombres o el macho de la especie en el ordenamiento social.

b. La lengua no puede alterarse por motivos ideológicos de un hablante o de un grupo de hablantes porque corremos el riesgo de hacerla ininteligible. El lenguaje inclusivo (que es un posicionamiento político) lejos está de convertirse en una transformación lingüística porque no sucede de manera inconsciente. Un ejemplo: si yo reuniera elpoder suficiente como para obligar a toda una comunidad de hablantes a que hable de acuerdo a mis deseos, mis sueños ¿despóticos? fracasarían debido a que una lengua es autónoma y ajena, incluso, a las mejores intenciones.

c. “Los argentinos y las argentinas”: forma incorrecta de expresión, ya que el masculino implica ambos géneros gramaticales (otra vez, no sexuales). Además, una lengua busca su economía en cada acto de comunicación, por lo que al realizar una larga lista de paralelos diferenciadores entre masculinos y femeninos con barras, singulares y plurales, desvía nuestra atención dificultando ese objetivo comunicador. Por último, mencionar a los dos géneros es correcto solamente cuando el masculino y el femenino son diferentes: “mujeres y hombres”, “damas y caballeros”, etc.

d. “Presidente o presidenta”: en español empleamos los participios activos como derivados verbales, esto es: el participio activo del verbo “caminar” es “caminante”, el de “sufrir” es “sufriente”, etc. El participio activo del verbo “ser” es “ente”, que es el que tiene entidad. Por este motivo cada vez que mencionamos a una persona que ejerce una acción que expresa el verbo, se le agrega la terminación “ente”. De esta forma una persona que efectúe una labor, independiente de su género (sexual), se le asignará la terminación “ente”: presidente, estudiante, viajante, docente. Aunque, en este caso en particular, la Real Academia Española consideró que “presidenta” es la opción “más adecuada” argumentando que dicho término ya se encuentra en el diccionario académico desde 1803.

e. “Le” y ”les”: su uso refiere a personas como objetos indirectos y como dativos. El problema surge si extendemos el género y abarcamos todo lo que es declinado en masculino y femenino en la partícula “les”, por lo que corremos el riesgo de confundir lo que es OD con lo que es OI, lo que es acusativo con lo que es dativo.

f. El enemigo: la Real Academia Española. Acusada de no adecuarse a los nuevos tiempos por no incluir el lenguaje inclusivo como nuevos términos, la función de este organismo no es otro que garantizar una norma común de la lengua a través de normativas que fomenten la unidad idiomática.

g. Uso de “@”: el arroba es un recurso gráfico que, al no ser un signo lingüístico y de carecer de un registro fónico, es incorrecto para su uso normativo. Además es inaplicable cuando pretende referir ambos géneros; por ejemplo en el enunciado“día del niñ@”, donde la contracción “del” solo es válida para el masculino niño. 

h. Uso de “x”: además de impronunciable, el masculino gramatical ya cumple esa función de inclusivo universal. A pesar de lo expuesto aquí sé bien que a los hablantes del lenguaje inclusivo poco les importarán estos argumentos porque los posicionamientos políticos, como las pasiones, suelen desconocer argumentos y razones. Si en algún momento nuestra sociedad adopta las modificaciones gramaticales reclamadas por estos colectivos es porque las ha asimilado, aunque estas transformaciones no se dan de un día para otro sino que pueden llevar siglos. Las sociedades del futuro serán testigos de si esta voluntad fue solo una moda pasajera, como todas las modas, o había un interés de cambio legítimo.





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