Opinion por: Pablo Salido

1 de mayo de 2022

El colegio secundario debe enseñar a leer y escribir, sumar y restar

¿La política estará dispuesta a no presionar a funcionarios educativos para evitar repeticiones? Compartir en:

Los docentes seguirán alarmándose porque los alumnos no estudian, no entienden, no prestan atención. Me pregunto quién podría estudiar y comprender después de haber transitado el primario y el secundario sin haber aprendido a leer y escribir, sumar y restar poseyendo –además- un vocabulario restringido.

No es ninguna novedad afirmar que la escuela pública sostiene, actualmente, la farsa de la entrega del título secundario facilitando el diploma de finalización de los estudios a adolescentes semialfabetos que no saben leer ni escribir con corrección y tampoco –mucho menos- comprender lo que leen. Los alumnos, en cambio, sí aprenden rápidamente una lección: que no es necesario el empeño que implica el estudio ya que la promoción está garantizada.

En algunas escuelas secundarias, docentes y directores no son más que actores que interpretan el papel de docentes y directores sobre las ruinas de lo que fue un sistema educativo, haciendo de cuenta como si la escuela funcionara con normalidad, en un tiempo pasado.

¿Me pregunto si la política estará dispuesta a dejar de presionar a funcionarios educativos para evitar repeticiones masivas de alumnos (aún más de las que se reconocen) y dejar de adulterar estadísticas?

En cuanto a las repeticiones de curso reconozco un problema: ¿en qué espacio físico se alojarían las huestes de repetidores? ¿La repetición del curso es una solución o las teorías aconsejan lo contario? ¿La política adopta las teorías que le convienen o los teóricos contratados especulan con teorías que les convienen a ellos y a la política?

Creo que el problema, del cual (como en el fútbol) todos opinan (aunque también, como en el fútbol, no todos saben), tiene varias aristas: la catástrofe social que la pobreza ha generado, la implosión de la institución familiar, los presupuestos financieros paupérrimos, el incremento de burocracia en el sistema, las permanentes modificaciones que la política ha introducido (la educación convertida en un territorio de experimentación permanente de teorías y modelos en disputa), la apatía de la opinión pública por la educación, los nombramientos de funcionarios educativos por doctrina partidaria y no por competencias pertinentes, la retroalimentación que el mismo sistema educativo ha permitido con estudiantes semianalfabetos egresados de secundarios y que ingresan a cursar carreras docentes en instituciones educativas que emplean la misma lógica de egreso que los secundarios aludidos (la cursada casi como único requisito de aprobación).

Es por todo esto que no me sorprenden las cifras dadas a conocer sobre el estado de la educación en nuestro país, que hasta hace veinte años lideraba el ranking de calidad educativa en Latinoamérica y que a partir de entonces el descenso no ha tenido fin.

Me pregunto como podría revertirse esta situación cuando la disciplina, una de las condiciones indispensables para el aprendizaje (al igual que una alimentación nutritiva), ha desaparecido, como la institución familiar que la imponía como ley.



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