Opinion por: Pablo Salido

29 de diciembre de 2023

Padres que regalan celulares a sus hijos, o una invitación al infierno

Los callejones oscuros de internet. Compartir en:

Algunos padres parecen no advertir los peligros que implica que sus hijos naveguen por los callejones oscuros de internet, no solo por las consecuencias físicas que implica sino también por la amenaza del grooming. Pareciera como si ellos también hayan perdido toda voluntad, arriado todas las banderas de la palabra, de la negación y consideraran algo inevitable ceder ante los deseos de sus retoños por esas pantallas llenas de colores y sonidos. Los padres, a veces, también parecieran abandonados al estado de anestesia, sucumbiendo al consumo de redes sociales, fotos, likes, posteos, posibilidades de interactuar con desconocidos, atiborrarse de películas y series.

En el documental “El dilema de las redes sociales” (2020), ex directivos y expertos en tecnología de las compañías de redes sociales admiten que el objetivo de estos canales de comunicación fue crear adicción en el usuario a partir de una premisa: el ser humano es un ser social al cual, la interacción con los demás, le provoca bienestar. Estas compañías han sabido aprovechar esta peculiaridad biológica de nuestra especie para, sobre todo a partir de la pandemia del Covid, multiplicar varias veces sus cotizaciones en la Bolsa. Las redes sociales son dispositivos donde confluyen ramas de la ciencia para lograr este objetivo adictivo: diseñadores, ingenieros, psicólogos, sonidistas son algunos de los especialistas que hicieron posible que la humanidad haya quedado rehén de las pantallas.

¿Puede detenerse esto? Es muy difícil, ya que como ellos mismos señalan, éste ya es un modelo de negocio y no puede retraerse: “Estas compañías están atrapadas en una carrera por nuestra atención, la cual necesitan para hacer dinero. Obligados constantemente a superar a sus competidores, deben usar técnicas increíblemente persuasivas para mantenernos pegados”.

La pedagoga chilena Carolina Pérez, Máster en Harvard especializándose en la incidencia de las pantallas en los jóvenes, aclara que, cuando alguien se encuentra frente a una pantalla interactuando en redes sociales, los diseños, el sonido, la luz, los colores, el tiempo de espera y un largo etcétera hace que nuestro cerebro segregue dopamina, el neurotransmisor del placer, que se activa cuando jugamos o hacemos cosas que nos gustan.

El problema con este neurotransmisor es que al estar, nosotros, frente a la pantalla del smartphone observando redes sociales o jugando videojuegos, los niveles de dopamina aumentan en cantidades como las generadas por el consumo de drogas duras como la heroína, destruyendo neuronas en lugar de interconectarlas, modificando la materia blanca del cerebro (la parte del sistema nervioso central que contiene los axones, las fibras de las neuronas encargadas de conducir las señales nerviosas). Vale aclarar que este proceso se agrava sobre todo en cerebros en desarrollo (es decir entre los nueve meses y los nueve años de edad), donde está en juego la inteligencia futura del niño. La profesional agrega que éstas son las razones por las que los jóvenes han establecido un umbral de placer muy alto y todo lo que no pase por las pantallas los aburre, atentando contra la concentración, mecanismo fundamental para el desarrollo del pensamiento y el aprendizaje. También, asegura, que estamos educando a una generación de adictos.

Sean Parker, primer presidente de Facebook, admitió lo que pensaban cuando crearon Facebook: “¿Cómo podemos consumir la mayor parte de tu tiempo consciente?” Como nada es gratis, hay una frase del documental que apunta al meollo de la cuestión. Si usar redes sociales es gratis, de algún lugar tiene que aparecer el dinero, y si nosotros no pagamos por esos productos es porque “el producto somos nosotros”. Así es como las compañías, a través de la “economía de la atención”, hacen dinero con sus usuarios, ya que en internet más que nunca el tiempo es oro y, cuanto más tiempo estemos conectados a una plataforma, ésta recaudará más dinero.

A través del botón de me gusta en Facebook, el retuit en Twitter, los pulgares para arriba y para abajo en Youtube, el corazón en Instagram y las alarmas de aviso, las empresas miden como afectan nuestro cerebro en un mecanismo denominado “recompensas variables intermitentes”, cuyo funcionamiento es como la palanca de una tragamonedas; se tira de la palanca para recibir una recompensa variable que convierta en algo inevitable nuestro ingreso a la plataforma: actualizar para saber si ganamos likes en un círculo vicioso incontrolable. Nuestro timeline, mientras aguardamos la actualización, también está pensado, ya que nuestro cerebro recibe la misma sensación que cuando la ruleta está girando y la posibilidad de ganar o no (likes) nos mantiene expectantes.

Vale decir que, en la actualidad, en Estados Unidos ya existen clínicas de rehabilitación de jóvenes de entre 12 y 18 años adictos a internet, sitios que los padres llevan a sus hijos para “desconectarlos”. Estos tratamientos que duran entre 45 y 70 días rondan entre los 56.000 y los 70.000 dólares.

Las consecuencias del excesivo uso de las pantallas está a la vista, sobre todo disparándose las estadísticas partir de 2011/2013, años coincidentes con la difusión global de las redes sociales, con cifras devastadoras que continúan en aumento: una generación de jóvenes ansiosos, que se autoinflingen heridas, depresivos, angustiados, tristes, con trastornos alimenticios, confundidos, inseguros, con trastornos del sueño, narcisistas, egocéntricos, con pánico, fobias, carentes de autoestima, suicidas, problemas de empatía, hiperactivos, faltos de concentración, vulnerables a los imperativos estéticos, de consumo y rendimiento. Pero también están las consecuencias cognitivas: mayores dificultades de aprendizaje cuanto menor es la edad del comienzo del consumo.

Hay una película del 2006, “Idiocracia”, un film distópico donde se retrata, a través de la sátira, una sociedad quinientos año en el futuro, donde los humanos se la pasan frente a las pantallas, transformados en consumidores que han perdido cualquier indicio de inteligencia y pensamiento crítico.

El futuro es hoy.


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