Opinion por: Pablo Salido

18 de enero de 2022

El nuevo uso del “boludo” como descalificación ideológica

De acuerdo al diccionario, un “boludo” es un necio, un estúpido, alguien con pocas luces Compartir en:

Un boludo iba caminando por la calle y, al pasar frente al muro que cercaba el patio de una cárcel, escucha que unos tipos, desde adentro, gritaban: ¡setenta!, ¡setenta!, ¡setenta! Entonces, como la curiosidad lo carcome, consigue una escalera y trepa al muro para averiguar qué estaba pasando del otro lado. Cuando asoma su cabeza un ladrillazo impacta en su frente y lo desparrama en el suelo, momento en que vuelve a escuchar: ¡setenta y uno!, ¡setenta y uno!, ¡setenta y uno!

De acuerdo al diccionario, un “boludo” es un necio, un estúpido, alguien con pocas luces o que obra con poca inteligencia, y alguien necio o estúpido es alguien que muestra torpeza o falta de entendimiento para comprender las cosas.

O sea que un boludo es alguien cuya estupidez no tiene remedio, es un caso perdido.

En sociedades como la nuestra ser boludo es algo imperdonable ya que alguien que exhibe tal condición está sentenciado a vivir bajo el flagelo y las cargadas constantes de los vivos, pícaros y sinvergüenzas, quienes –en algunos casos- se encuentran muy por encima en la escala valorativa de nuestros compatriotas. En tiempos donde no se piensa en el largo plazo sino en la satisfacción inmediata sin importar las consecuencias, más vale ser un vivo, alguien al borde o más allá de la ley en vez de ser un honesto (casi se diría sinónimo de boludo) que la cumple. Incluso, los vivos o delincuentes son premiados con el reconocimiento, la admiración o con cargos electivos.

Desde el advenimiento de internet, la digitalización de la información, de la posibilidad de que los usuarios puedan comentar las noticias y de la polarización de la opinión pública como estrategia política basada en las emociones y en el uso de redes sociales, hicieron que en la discusión entre ambos facciones comience a emplearse un vocablo de uso coloquial como nueva arma discursiva: la expresión “boludo” como forma de descalificación ideológica, el ancho de espadas que intenta marcar el fin de la discusión por descalificación del otro. A este “otro” se lo considera carente de la altura necesaria para tales debates o, en su defecto, que no ha reunido la información suficiente para tal reyerta discursiva, al contrario de quien pronuncia la ofensa, por supuesto siempre jactancioso de mantenerse bien informado, aunque esta información solo provenga de los medios afines al pensamiento del descalificador (si hay algo que va de la mano de las muestras de odio es la ignorancia y la incapacidad de aspirar a la objetividad). Esta descalificación no solo operaría como método de silenciar al oponente y clausurar el debate, que como todo debate político no es una práctica para encontrar la verdad (con mayúscula), sino que es una contienda por el triunfo de la posición que se defiende.

En pocas palabras: ser un boludo es no pensar como el otro piensa, o no creer en lo que el otro cree.

También, esta obsesión por la descalificación, es un procedimiento para evitar la catástrofe de llegar a una verdad; el peligro de que el oponente descalificado arroje –cuando ya parecía agonizar- la evidencia del error y que el descalificador se convierta -cuando ya alzaba sus brazos victoriosos- en descalificado, es decir, en boludo.

Con frecuencia estas descalificaciones hacen su aparición cada vez que alguna de las dos grandes facciones de la corporación política, ya sea gobierno u oposición, ponen en agenda un tema con su marketing ideológico ya consabido (populista, liberal, socialista, etc), que es la manera de convocar fantasmas que hace mucho huyeron de este mundo. Este es el momento en el que las hordas se lanzan a comentar las noticias justificando o desacreditando el tema en cuestión, aunque para los ideólogos que tomaron la decisión del anuncio no sea una decisión urgente, aunque sea solo para medir la temperatura social de ese tema para luego obrar en consecuencia (como todo buen pragmático), aunque sea para entretener a los fans que necesitan su cuota diaria de amar y odiar.


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